6 abril 2026

Contrastes de Europa: De la grandeza ártica en Noruega a los secretos primaverales de los Países Bajos

Europa ofrece experiencias de viaje que parecen pertenecer a mundos completamente distintos. Por un lado, el extremo norte desafía a los visitantes con paisajes épicos y una historia marcada por la supervivencia. Por el otro, ciudades más al sur florecen con la llegada del buen clima, revelando una dualidad perfecta entre la vibrante vida en las calles y la rica historia escondida en sus interiores. Explorar Tromso en Noruega y Ámsterdam en los Países Bajos es descubrir precisamente esos dos extremos del continente en un solo recorrido.

Tromso y la conquista del extremo norte

Caminar por las calles de Tromso es ir tachando hitos geográficos de la lista. Lo mismo puedes entrar a un pub para tomar la cerveza elaborada más cerca del Polo Norte, que rezar en la catedral más septentrional del mundo o pasar el rato en la biblioteca más al norte del planeta. Todo tiene un aire épico en esta ciudad noruega, situada a unos 350 kilómetros por encima del círculo polar ártico. Evidentemente, el paisaje de montañas y profundos fiordos aporta mucha de esa magia, pero también lo hace el legado de grandes aventureros como Roald Amundsen. Su imagen es una constante en la ciudad y aparece en enormes murales urbanos, en recuerdos de las tiendas de la calle principal Storgata y en bustos que vigilan la entrada del Museo Polar.

Este museo, ubicado en un antiguo almacén de aduanas del puerto, documenta las históricas expediciones árticas. A través de sus dos pisos de exhibición, el visitante comprende la crudeza de la vida en el hielo y la eterna lucha contra la naturaleza. La fauna local también está representada, aunque a través de ejemplares disecados que pueden causar cierta impresión. Para cambiar de aire al salir, lo mejor es detenerse a observar el puerto.

Arquitectura entre islas y fiordos

Justo al otro lado del agua se encuentra el barrio de Tromsdalen, hogar del monumento más fotografiado y, curiosamente, más incomprendido de la zona: la Catedral del Ártico. Para acercarse a ella hay que cruzar un imponente puente de hormigón de casi un kilómetro de largo, bajo el cual navegan embarcaciones de gran tamaño. Esta obra es un recordatorio de cómo la compleja geografía noruega, con sus fiordos y cerca de 240.000 islas, ha convertido al país en un líder mundial de la ingeniería civil.

Resulta que el famoso edificio de Tromsdalen no es realmente una catedral, sino una iglesia parroquial. Diseñada en 1965 por el arquitecto Jan Inge Hovig, su estructura piramidal de vidrio y hormigón la ha vuelto un icono internacional. Hovig nunca explicó su inspiración exacta, dejando que la gente la compare con un iceberg, con los tradicionales secaderos de bacalao o incluso con la Ópera de Sídney. Las verdaderas catedrales de Tromso, una católica y otra luterana, están en el centro histórico. Ambas datan de 1861 y están a muy poca distancia la una de la otra. La iglesia luterana, construida en madera e inmersa en jardines que funcionaron como cementerio desde la Edad Media, ocupa el mismo terreno donde en el siglo XIII se levantó el primer templo cristiano de la región para evangelizar las fronteras del continente.

Ámsterdam: La fascinación por la vida al aire libre

Al dejar atrás el rigor del Ártico y viajar hacia Ámsterdam, el entorno se transforma drásticamente. Basta pasar unas horas en la ciudad durante la primavera para notar la obsesión de los neerlandeses por disfrutar de la calle. Durante los días despejados, multitudes de ciclistas inundan las vías flanqueadas por las clásicas casas de ladrillo. Los parques se convierten en la sala de estar de los residentes locales, llenos de festivales de música y obras de teatro, mientras las terrazas frente a los canales se abarrotan de gente disfrutando una cerveza fría.

La bicicleta es, sin duda, la mejor herramienta para absorber esta energía. Alquilar una y recorrer Ámsterdam Noord es un excelente plan. Allí destaca el NDSM Wharf, un antiguo astillero a orillas del río IJ que fue tomado por artistas y hoy funciona como un enorme centro cultural lleno de arte urbano. Es el lugar ideal para hacer una pausa en Pllek, un bar y restaurante con una enorme bola de discoteca y vista a una playa de arena. Quienes busquen un contacto más directo con el agua pueden visitar Marineterrein, otro antiguo astillero del siglo XVII creado por la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales. Hoy cuenta con una pasarela flotante de madera donde la gente nada en aguas tranquilas o practica surf de remo, todo con vistas al Museo Marítimo Nacional.

Por supuesto, la primavera en esta región es sinónimo de tulipanes. Desde finales de marzo hasta mayo, los campos se pintan de colores intensos. Aunque los jardines de Keukenhof atraen a las masas, la granja De Tulperij ofrece una experiencia mucho más cercana. Ubicada a unos 30 kilómetros al suroeste de la ciudad y manejada por la familia Jansze durante generaciones, permite a los visitantes caminar por los cultivos, recolectar flores y aprender sobre la historia agrícola del país. De vuelta en el centro, los canales invitan a navegar, pero la compañía Rederij Lampedusa propone algo distinto. Sus tripulaciones, formadas por personas originarias de Siria, Somalia y Eritrea, utilizan antiguas embarcaciones de migrantes rescatadas para ofrecer recorridos donde explican cómo siglos de migración han moldeado la identidad de Ámsterdam.

El refugio de los espacios clandestinos

Toda esa energía exterior contrasta con una versión mucho más íntima de la ciudad que aparece cuando uno decide cruzar las puertas de sus edificios. Es un Ámsterdam clandestino, de luces tenues y secretos guardados por siglos. Un ejemplo fascinante es el museo Nuestro Señor en la Buhardilla (Our Lord in the Attic). Lo que por fuera parece la típica casa de un comerciante del siglo XVII, esconde en sus estrechos pasillos y habitaciones un secreto sorprendente. En el último piso alberga una iglesia con capacidad para 150 personas, construida en la época en que el culto católico estaba prohibido públicamente y los fieles tenían que celebrar misa a puerta cerrada.

La cultura del interior también se vive en los tradicionales cafés marrones o «bruin cafes». Llamados así por sus interiores de madera oscura teñida por siglos de humo de tabaco, son el corazón social de los barrios. El Café Chris, inaugurado en 1624 en el área de Jordaan, es considerado el más antiguo de todos y transporta a los visitantes directamente a la época de Rembrandt.

Ámsterdam también sabe reciclar sus espacios modernos. REM Eiland es una antigua plataforma petrolera que en 1964 operó como estación de radio pirata. Tras ser desmantelada, fue reconstruida en la zona portuaria de Houthaven y ahora es un restaurante futurista que sirve desde risotto de cigalas hasta lubina, con un bar en la azotea ideal para ver el atardecer. Y para cerrar la noche, la música en vivo tiene su sede en Paradiso. Esta antigua iglesia del siglo XIX fue ocupada por hippies en los años sesenta y transformada legalmente en un centro cultural en 1968. Con capacidad para 1.500 personas bajo sus vitrales históricos, ha visto pasar a leyendas como Nirvana o Pink Floyd, y tiene programado recibir a artistas de la talla de Belle and Sebastian a lo largo de este 2026.